El teatro español nos ha regalado durante poco menos de un mes una interesante reflexión sobre la masculinidad y el poder en tiempos de posmodernidad. La parte audiovisual de la puesta en escena recogía citas desde Shakespeare hasta Lady Gaga pasando por Lacan o Baudrillard. Cuando salí del teatro no pude sino acordarme de una de las películas de Julio Medem menos valoradas: Caótica Ana, especialmente de su inquietante final en el que la protagonista defeca sobre un poderoso político justo antes de que éste la liquide usando su fuerza bruta. Aunque la obra de Antonio Rojano no es tan escabrosa en la forma, el fondo nos viene a decir algo bastante parecido. Recordemos la historia real que se dramaturguiza aquí: Dominique Strauss-Kahn (de pasmoso parecido físico al viejo de la película de Medem), político socialdemócrata francés, fue denunciado por supuestamente violar a una camarera guineana en la suite de un lujoso hotel de Nueva York mientras ostentaba la presidencia del Fondo Monetario International. A raíz de ese escándalo, el dirigente francés no sólo tuvo que dimitir de su cargo en la citada institución, sino que se vio imposibilitado para liderar a su partido en las siguientes elecciones presidenciales, que a la postre ganaría el también socialdemócrata François Hollande al entonces presidente Nicolas Sarkozy. Resulta curioso que la película de Medem preceda al caso Strauss-Kahn en casi cuatro años. Lo que le resta de visionario al realizador vasco, sin embargo, no es especular el futuro de cierto político, sino haber sido capaz de mostrar con violenta crudeza de qué manera el macho dirigente y dominante ve cuestionada su autoridad durante el más primitivo de los actos como es el acto sexual cercado por las condiciones que el patriarcado impone durante una de las transacciones económicas más antiguas del mundo: la de un cliente hacia una prostituta. Lo que la protagonista final de Caótica Ana, la camarera guineana y la protagonista encarnada por Mona Martínez tienen en común es que rechazan someterse a ese poder masculino que cree controlarlo todo, desde el cuerpo femenino comprado hasta las deudas de terceros países rescatados. jueves, 31 de marzo de 2016
Dios K, (K)ótica Ana y la resquebrajable perdurabilidad del macho
El teatro español nos ha regalado durante poco menos de un mes una interesante reflexión sobre la masculinidad y el poder en tiempos de posmodernidad. La parte audiovisual de la puesta en escena recogía citas desde Shakespeare hasta Lady Gaga pasando por Lacan o Baudrillard. Cuando salí del teatro no pude sino acordarme de una de las películas de Julio Medem menos valoradas: Caótica Ana, especialmente de su inquietante final en el que la protagonista defeca sobre un poderoso político justo antes de que éste la liquide usando su fuerza bruta. Aunque la obra de Antonio Rojano no es tan escabrosa en la forma, el fondo nos viene a decir algo bastante parecido. Recordemos la historia real que se dramaturguiza aquí: Dominique Strauss-Kahn (de pasmoso parecido físico al viejo de la película de Medem), político socialdemócrata francés, fue denunciado por supuestamente violar a una camarera guineana en la suite de un lujoso hotel de Nueva York mientras ostentaba la presidencia del Fondo Monetario International. A raíz de ese escándalo, el dirigente francés no sólo tuvo que dimitir de su cargo en la citada institución, sino que se vio imposibilitado para liderar a su partido en las siguientes elecciones presidenciales, que a la postre ganaría el también socialdemócrata François Hollande al entonces presidente Nicolas Sarkozy. Resulta curioso que la película de Medem preceda al caso Strauss-Kahn en casi cuatro años. Lo que le resta de visionario al realizador vasco, sin embargo, no es especular el futuro de cierto político, sino haber sido capaz de mostrar con violenta crudeza de qué manera el macho dirigente y dominante ve cuestionada su autoridad durante el más primitivo de los actos como es el acto sexual cercado por las condiciones que el patriarcado impone durante una de las transacciones económicas más antiguas del mundo: la de un cliente hacia una prostituta. Lo que la protagonista final de Caótica Ana, la camarera guineana y la protagonista encarnada por Mona Martínez tienen en común es que rechazan someterse a ese poder masculino que cree controlarlo todo, desde el cuerpo femenino comprado hasta las deudas de terceros países rescatados. miércoles, 30 de marzo de 2016
La ardua tarea de definir la masculinidad
La cultura de masas nos hace creer que existe una masculinidad pura y verdadera. Lo cierto es que es que es algo tan difícil de definir como fácil de reconocer socialmente. La cultura pública está fuertemente masculinizada, y con ello se sostienen planteamientos bastante convencionales y rígidos sobre el género, lo cual dificulta la tarea de llevar a cabo un estudio profundo y riguroso. Sin embargo, lo que parece caracterizar a los comportamientos masculinos, más allá de su oposición a los femeninos, son las constantes de poder y dominación, de ahí que el poder, al igual que ocurre con la masculinidad, frecuentemente resista cualquier análisis o definición. No hay ente más indiscutible e incuestionable que aquel del cual no se habla por darse por sentado.
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